Las hermanas Seguel y la pedagogía de la memoria

Escrito por el 7 octubre, 2020

Uno de los casos que va a ser abordado en el séptimo juicio por delitos de lesa humanidad en el Alto Valle de Río Negro y Neuquén es el de los secuestros, torturas y crímenes sexuales contra las tres hermanas integrantes del PRT, Arlene, Argentina y Dora Seguel, tras el “operativo Cutral Co”. Arlene permanece desaparecida. En una extensa y detallada entrevista con El Zumbido, Dora relata lo que vivieron ese invierno del ´76 y lo que significó y significa la ausencia de su hermana, reconstruyendo también parte de su historia y su lucha.

Dora Seguel es docente jubilada. Hoy, a 44 años del golpe cívico militar eclesiástico y económico, puede aún describir detalladamente el horror que vivieron ella, Argentina y lo que pudo reconstruir de Arlene, pero también y sobre todo enorgullecerse de haber sido las luchadoras que fueron.

Empezar por el final para entrar en clima. Al cierre de la entrevista, la mujer de 60 años aseguró que “cada vez que flaqueo me digo que no van a poder conmigo y sigo; me empeño en que no van a poder conmigo; cuando ellos me decían ‘no vas a servir para nada, vas a ser una lacra’, no, están equivocados: estudié, mis alumnos me quieren mucho, yo los quise y los quiero mucho, pude organizar una familia, tener un hogar, tengo un hogar, tengo unos hijos fantásticos, tengo amigos, tengo gente que me valora y a la que valoro, entonces, fracasaron muchachos”. Dora sigue luchando por su historia, por la de su hermana desaparecida, por la de lxs 30.000, por la memoria, la verdad y la justicia, y por todas las causas que en el camino le recuerdan que no hay que dar ni un paso atrás.

Inspección ocular de la Comisaría de Cutral Co en el marco del juicio Escuelita III – Foto Alexis Vichich

Eran cinco. “Yo siempre me río porque en nuestra familia se dio eso que dicen que las tres del medio son tremendas; en nuestro caso se dio así: las tres del medio éramos las que estábamos sedientas de aprender, de leer, de la música, de la literatura, andábamos en toda esa onda”, comienza narrando Dora Seguel. “Arlene termina el secundario y decide irse a vivir a Neuquén, ahí es cuando hay un cambio en nosotras, porque ella comienza a leer a Paulo Freire, todo lo que es la sociología latinoamericana, y nos transmitía todo y nosotras esponja estábamos desesperadas cada vez que venía para escucharla, aparte traía libros, nos prestaba, muchas veces eran apuntes de ella y vivencias de ella en los barrios que era parte de la práctica”, cuenta: “eso nos fue abriendo la cabeza y haciendo sentir una realidad que en mi casa no se vio, si bien éramos un hogar obrero no tuvimos necesidades, nunca nos faltó la comida, nunca nos faltó un abrigo, ahí tomamos contacto con una realidad muy dura que nos impactó de una manera tremenda, una realidad que nos fue despertando a otro análisis de la sociedad, había todo un mundo que nosotras desconocíamos y empezamos a conocer en ese momento”.

Arlene comienza a participar en algunas manifestaciones, en algunas huelgas, y todo eso nos iba transmitiendo, ahí es cuando ella entra en contacto con la gente de nuestro Partido Revolucionario de los Trabajadores y cuando venía ya la notábamos distinta, su cabeza iba a una velocidad impresionante, nos contó que estaba militando en el PRT, que era un partido clandestino, de izquierda, que nos jugábamos el pellejo, esa es la realidad que nos transmitió”, explica: “Argentina y yo nos sumamos en el 75 y ya empezaban a haber detenciones y desapariciones, entonces sabíamos que iba a ser muy duro; creíamos que las desapariciones estaban vinculadas a detenciones ilegales pero que estaban detenidos, que estaban con vida, ya en el 76 tuvimos conciencia de que la realidad era otra totalmente diferente”.

A los 15 años yo comienzo a ser parte de la Juventud Guevarista, estábamos recién iniciando, preparándonos para llegar a militar, comenzamos a leer el material partidario, El Combatiente, la Estrella Roja, libros de sociología, leíamos a Marx” y “trabajábamos en células y a mí me tocaba trabajar con un compañero de mi edad, nos juntábamos a leer el material, debatirlo, desmenuzarlo bien, confrontar nuestras ideas, era realmente muy valioso el trabajo que se hacía, yo siempre siento un orgullo muy grande de haber pertenecido al PRT”.

Dora recuerda que “ya en el 75 habían empezado a haber situaciones complejas, la llegada de Remus Tetu (jefe de la Triple A bahiense, interventor en la Universidad Nacional del Comahue y la Universidad del Sur) a la universidad, se empezaban a ver cosas en todo el país, situaciones muy difíciles” y que “nosotros acá estábamos organizándonos, al trabajar en células no sabía yo qué cantidad de compañeros teníamos acá, pero las actividades que hacíamos era trabajar en barrios, principalmente los compañeros mayores, yo era muy chica”; ese año “con Argentina comenzamos a trabajar en el centro de estudiantes del CPEM 6, pudimos participar, ir a elecciones, ganarlas, trabajar, habíamos armado una mini cooperativa para que los útiles fueran más baratos, algunas pintadas o volanteadas, pero poca actividad porque éramos muy chicas, la gente más grande sí participaba de otro tipo de actividades más comprometidas, más complejas”.

“Después de lo que pasó llega el análisis que realmente el espectro de compañeros era muy amplio, eran compañeros de la construcción, del petróleo, estudiantes, profesionales, o sea que era un grupo bastante importante para la época y para el tipo de partido en el que estábamos, gente fantástica”, reflexiona la mujer que integró el PRT en la región.

Héctor “Tito” Campos

“En el 75 teníamos un compañero, Hector ‘Tito’ Campos, al que llaman a participar en Tucumán, se prepara para ir a combatir, y cae en Tucumán, en una emboscada”, recuerda sobre el joven trabajador de Chos Malal asesinado a sus 27 años: “fue el primer golpe duro y concreto, ahí pisamos tierra, era muy chica, ahí dije ‘esto va en serio y va duro y no se va a frenar solo con una cárcel, va a costar vidas’; hasta el día de hoy no hemos podido recuperar los restos de Tito, ojalá que algún día lo podamos hacer”.

“En marzo nos desayunamos con un 24 con un golpe militar, aunque ya venía entregándose la democracia a cuentagotas y termina el 24 de marzo ejerciendo totalmente la toma del poder el ejército”, relata Dora: “en la zona fuimos tomando conciencia, empezamos a recibir información de cómo iba avanzando la inteligencia militar, cómo iba desapareciendo gente, qué se podía hacer, cómo manejarnos, fue todo muy rápido, porque acá de marzo a junio no hay nada y sin embargo ya habían estado haciendo inteligencia en la zona, vivía en la zona (Raúl) Guglielminetti con la pantalla de ser periodista junto a Olga Leones, y desde ahí tenía acceso a un montón de lugares y a conocimientos y a datos que después le sirvieron para el operativo”.

Genocida Raúl Guglielminetti – Foto 8300web

El operativo en sí fue rápido, fulminante, se había hecho una inteligencia perfecta, la policía provincial participó plenamente con datos, con ubicación, éramos un pueblo muy chiquito, nos conocíamos todos, era fácil de ubicar dónde estaba cada uno, dónde trabajaba, cómo se movía”, sintetizó para tomar aire y explayarse en todo lo que pasó durante esas tremendas horas que marcaron muchas vidas y aniquilaron otras.

Arlene era estudiante de servicio social y a principios del 75 decide volverse a Cutral Co para trabajar dentro del partido y aparte empieza a trabajar en una empresa y seguía estudiando, viajaba desde Cutral Co a rendir y a participar en las clases” y la recuerda como “una persona tan inteligente, tan brillante, excelente alumna, muy madura, yo siempre destaco la madurez que tenía Arlene con sus 21 años, una claridad en sus ideas, una fortaleza…” La joven vuelve a su pueblo y comienza a organizar el PRT allí.  

“Meses antes ya habíamos empezado a notar que había un Falcon que vigilaba, que seguía más que nada a mi hermana más grande que iba a bailar, ya nos había contado que la habían seguido del boliche hasta casa y cosas así”, relata Dora: “las tres decidimos qué hacer; podías optar por fugarte, escaparte, tratar de buscar un lugar donde protegerte, pero en esa reunión que tuvimos las tres hermanas decidimos que lo correcto era quedarnos en casa y afrontar lo que viniera, porque de no haberlo hecho así hubieran detenido a mis padres, a mis hermanos, era lo que no queríamos, si había sido una decisión nuestra participar en política también tenía que ser una decisión nuestra afrontar las situaciones que correspondieran”, entonces “nos quedamos en casa, hubo compañeros que decidieron irse y lo hicieron, algunos a los 6 meses, a otros al año los detuvieron y están desaparecidos, como Julio Galarza (secuestrado en el 77 en Cutral Co a sus 34 años)”.

 

El secuestro de Arlene

“La noche anterior al día de su desaparición, Arlene se fue a quedar a la casa de una amiga, a pasar la noche ahí porque tenía miedo que fuera el secuestro durante la noche. Era un sábado, a la mañana fue a trabajar, salía a la una, volvió, almorzó con nosotros, estuvimos en casa. Decidió ir a comprar ingredientes para hacer una torta y en eso que ella salió llegaron los del operativo en dos autos, era gente de la Federal y del Ejército, se metieron directamente en casa porque no estaba con llave y ellos se metieron, nos pusieron contra la pared, nos separaron, preguntaban por Silvia, mi mamá les dijo que no tenía ninguna hija que se llamara Silvia, le mostraron la foto del carnet de la universidad y mi mamá les dijo que sí ella era la hija de ella pero que se llamaba Arlene. En eso que nos tenían ahí y nos interrogaban, yo me parecía mucho a Arlene pero nos llevábamos cinco años, yo les decía que era Arlene, ellos debatían si era o no, pero no les daba la edad. En ese momento llega ella con las compras, la llevan al dormitorio, la separan, ella salió del dormitorio asustada, se le notaba en la mirada, agarró su bolso con sus cosas y le dijo a mi mamá que no la deje de buscar. La policía lo que dijo en ese momento que eran de la Policía Federal, dijeron que era por un tema de drogas, de un estudiante de Neuquén que estaba involucrado en temas de drogas. Mi papá la iba a acompañar, cuando fue a agarrar la campera ellos arrancaron y se fueron, lo dejaron. Siempre analicé esa situación, creo que fue lo mejor que pudo pasar, que por suerte no subió al auto, sino su destino hubiese sido también ser un desaparecido”.

Arlene Seguel

“De ahí en más fue la lucha por buscarla, por encontrarla, en seguida salió mi papá con Argentina hasta la comisaría a hacer la denuncia y a preguntar si la habían llevado ahí porque habían dicho que la llevaban a ese lugar pero negaron todo; mi hermano tenía una moto chiquita y se fue hasta la policía de tránsito para pedir que no dejen pasar los autos, yo había copiado el número de las patentes que por supuesto eran truchas, las investigamos, Noemí Labrune (de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos) nos ayudó a investigar, pero eran truchas, era típico en esa época que sucedieran esas cosas, que usaran patentes dobles, que se disfrazaran para ir como hicieron en casa, con pelucas, gorras, bufanda, no iban con uniformes, eran grupos de tareas, así se denominan ellos”, reconstruye Dora: “el domingo viajan mi mamá y Argentina a Neuquén para hacer denuncias en la Policía Federal y tratar de averiguar sobre Arlene”.

 

Genocidas en la escuela, menores a la comisaría

CPEM 6 de Cutral Co – Foto Alexis Vichich

“El lunes yo decido ir a la escuela para que me vean, lo tomé como una forma de asegurarme un poco la vida y que si me detenían fuera a la vista de gente. Fui a la escuela y a las nueve de la noche va la policía, yo estaba en el salón, el preceptor llega y me dice que me necesitan en dirección, yo dejé los útiles y la cartera, por suerte agarré el abrigo. Cuando llego el director me dice que me está buscando la policía y me tengo que ir con ellos, le digo que soy menor de edad y no me pueden llevar y me dicen que mi papá estaba también en el celular. Tuve que aceptar ir, no tuve otra posibilidad, pero la manzana estaba cubierta de soldados todos armados para retirar una joven de una escuela que solo tenía 16 años. Estaba cubierta la manzana. Había una camioneta del Ejército y el celular de la policía. Cuando me suben al celular veo que mi papá estaba sentado adentro y que había un policía también adentro en la parte de atrás y cuando voy a subir miro y veo a (el genocida Oscar Lorenzo) Reinhold en la vereda de la escuela. Después me enteré a quién correspondía esa cara. Subo al celular y el policía que estaba, que era de la Policía Provincial de acá de Cutral Co, de la Comisaría 14, según él me palpa de armas, cosa que no tenía que hacer, ya había reglamentación en la época de que a una mujer solo la podía requisar una mujer, sin embargo él lo hizo y lo hizo en forma alevosa. Después lo denunció mi papá cuando hizo la denuncia en el juzgado federal”.

“Cuando llegamos a la comisaría estaba todo rodeado de policía, nunca había visto tantas camionetas, jeeps, camiones del Ejército, me bajaban la cabeza para que no vea pero sí pude ver que había mucha gente, muchos hombres parados contra una pared, adentro también pero a mí me llevaron enseguida a una oficina y en esa oficina me iban a tomar la declaración para detenerme y el oficial que tomaba la declaración todo el tiempo me insultaba porque era miembro del Partido Revolucionario de los Trabajadores y como era menor de edad esa nota de detención la tuvo que firmar (el genocida Héctor) Mendoza, que lo vi porque fue a firmar, mi papá y alguien del ejército que no era Reinhold; los tres o cuatro firmaron y yo también la detención porque era menor de edad”, recuerda Dora, a quien sus afectos le decían Loli.

Inspección ocular de la Comisaría de Cutral Co en el marco del juicio Escuelita III – Foto Alexis Vichic

“A mi papá lo vuelven a sacar afuera, lo dejan afuera contra la pared y a mí me llevan después a un calabozo y desde el calabozo yo corrí la cama, que era un catre de lata, me paraba ahí y veía como el Ejército había tomado la parte del patio de la comisaría, estaban cocinando y estaba Reinhold en el patio eligiendo a la gente que lo iba a acompañar en la siguiente salida”, detalla: “ahí se acercó un chico, un soldado de 18 años, se acercó hasta la ventana del calabozo a ofrecerse para ir a avisar a mi casa, nunca supe su nombre, pero qué valiente, a lo último tuve que bajarme y correr la cama porque él no se iba, seguía insistiendo y corriendo peligro e iba a terminar detenido él también, así que me bajé para que él se fuera, insistía con que conocía el lugar y que podía ir hasta mi casa”.

Genocida Héctor Mendoza – Foto Matías Subat

“Al rato, habrán pasado como dos horas calculo, viene un policía y me mostró un arma y me preguntó si esa arma es la que usábamos, le dije que yo no la reconocía, que no tenía armas; después me sacaron y me llevaron con una policía a una oficina muy chiquita, con Mirtha Pick, ella estaba en la parte del comando radioeléctrico, me hizo desnudar por completo y  me revisó completa, por supuesto con una frialdad impresionante, no me golpeó, no me hizo nada, pero con una dureza... Me hizo vestir y me volvieron a llevar al calabozo”, cuenta Dora.

“No pasó mucho tiempo que me van a buscar, me vendan los ojos, me atan las manos hacia adelante, me hacen tirar al piso en cuatro patas, que vaya gateando porque decían que iba por un túnel, yo conocía y conozco muy bien la comisaría esa, me siguen haciendo ir gateando, me decían que si no agachaba la cabeza me golpeaban, entonces yo levanté la mano y es un hecho que muestra la perversidad, cómo ellos buscaban marearnos, hacer que nuestra cabeza se desubique sobre en qué lugar estábamos, yo me detengo y levanto las manos para tocar qué espacio tenía para pasar, y ahí fue la primera vez que me golpean, porque me patean, me patean fuerte con esos botines que tienen puntera”, recuerda la ex militante del PRT.

Genocida Oscar Reinhold – Foto 8300web

“Sigo gateando y me di cuenta que era la oficina de Mendoza, entro, me ayudan a parar, cuando me paro empieza el interrogatorio que fue durísimo, con muchos golpes, muchos insultos, te golpeaban y caías del golpe que te daban, de las cachetadas, de los empujones, no tenías forma de resguardarte porque tenías las manos atadas. Instintivamente trataba de mirar a la cara, y podía ver las botas, los zapatos, me di cuenta que en el escritorio estaba Mendoza y que había alguien del Ejército porque tenía borcegos y había alguien con zapatos de cordones, de esos de vestir, así que había otra persona más que sería de inteligencia o de la Federal. Fue un interrogatorio bastante largo, con muchos golpes, que se cortó cuando a uno se le ocurre, como las respuestas no eran las que querían, se le ocurre aplicarme una picana diciendo que solo tenía que cortarle los cables a la lámpara que estaba sobre el escritorio. Entonces Mendoza dice que no, que no quería una muerte porque era menor de edad. Y ahí se frenó. No me picanearon por esa razón, porque no querían contar con una muerte, no porque era ilegal, no porque era menor de edad, el tema era no cargar con una muerte. Por supuesto muchos golpes, muchos insultos constantes, para ellos nosotras éramos las putitas de los guerrilleros, así ellos nos consideraban y así continuamente hacían alusión a eso. Cuando se cansaron de golpearme y de que no diera las respuestas que querían, el militar dice ‘llevátela a esta tarada, nos dijeron que eran todos peces gordos y son todos perejiles los que agarramos’”.

 

Terrorismo sexual

“Los delitos sexuales fueron sistemáticos. Se dieron en todas las provincias y en todos los centros clandestinos de detención, con distintas características. Había reglas diferentes, tácitas o explícitas. Era un instrumento más del terrorismo de Estado. Yo lo llamo terrorismo sexual” (Miriam Lewin)

“Y me llevan para el camión.  No sé quién me lleva. Tiene que ser militar, porque la policía no estaba en el movimiento de la gente que detenían. Me llevan al camión que habían introducido en el patio de la comisaría. Tenía todas celdas individuales, chiquitas. Me llevan a ese camión, me hacen subir. Ahí en ese lugar se produce la violación. En el momento pensé mucho porque no tenía sentido, habían muchas cosas que empezaban a carecer de sentido, por ejemplo pedir ayuda, a quién, gritar, para qué, escapar, hacia dónde con las manos atadas y los ojos vendados, todas esas preguntas me las hice, entonces dije mejor me sereno, me quedo, ya en el interrogatorio había notado que no sentía los golpes, me daba cuenta de que me golpeaban duro porque me tiraban al suelo y después de los pelos y de los brazos me levantaban pero yo no sentía dolor extremo y durante la violación seguramente el mismo mecanismo de defensa del cuerpo hizo lo mismo, no sentí más que asco y repulsión, pero más que eso. Él se encargó de todo, de desvestirme, vestirme, acomodarme la ropa. Pero continuamente los insultos en el oído diciéndome que de eso no se habla, que no iba a servir para nada, que nadie me iba a creer. Cierran la puerta y yo quedo ahí adentro en ese lugar, en esa celda pequeñita”.

Dora Seguel también fue violada en un descampado de Bahía Blanca, cuando la trasladaban junto a su hermana Argentina, que también fue violada en la “Escuelita” de esa localidad.

Miriam Lewin y Olga Wornat, en el libro “Putas y guerrilleras” especifican que “los abusos sexuales no fueron hechos aislados, producto de la perversión de uno o varios torturadores. Se cometieron en todos los campos de concentración o centros clandestinos de detención y tortura. Formaron parte de una acción sistemática. Si bien puede admitirse que existía un permiso tácito para practicarlos, y que las condiciones objetivas, generales, reinantes en los centros (aislamiento, incomuicación, desnudez, privación de derechos) las favorecían, en algunos casos, hay indicios que los oficiales y jefes los ordenaban o por lo menos alentaban que se cometieran”.

Únicamente el 13% de las sentencias dictadas por delitos de lesa humanidad (31 condenas de 241) especifican los crímenes sexuales. Hasta el año 2010 la figura penal que los “englobaba” era “tormentos”, recién en ese año el genocida Gregorio Rafael Molina fue condenado por las violaciones que perpetuó en el centro clandestino “la cueva” de Mar del Plata. En los juicios por delitos de lesa humanidad en el Alto Valle de Río y Neuquén, recién en el que va a comenzar, el séptimo, se debatirá la violación como delito autónomo al resto de las torturas aplicadas por los genocidas.

“Es muy distinto a cualquier otro tipo de tortura. La picana te puede dejar la cicatriz, el golpe pasado un tiempo se pasa, la tortura sexual, la violación como método de tortura no se va, ahí está la diferencia, es algo con lo que tenés que aprender a convivir. Yo no sé si tuve suerte, pienso que sí, en que mi organismo trabajara de esa manera. Después me explicaron psicólogas que fue un método de supervivencia el hecho de que yo no sintiera prácticamente los dolores, como se me desprendió el cuerpo del alma, que yo no lo sentía con la intensidad que era. Pero eso me llevó también a que mi cuerpo anuló el sentir, por mucho tiempo yo no podía sentir, era una especie de robot, muchos años, me llevó mucho tiempo poder volver a sentir como mujer, por eso yo soy una gran agradecida. En este momento estoy separada, pero el haber podido con mi ex pareja tener mis dos hijos, ser madre, es una revancha a la muerte, hacia ellos, es un canto a la vida y lo pude hacer porque aprendí a convivir con esos dolores. Es como el tema de Serrat que dice que ‘uno se cree que los mató el tiempo y la ausencia’, vos abrís un cajón y saltan, o escuchás una canción, la mente es algo increíble. Yo por ejemplo, mi mente había bloqueado cosas. En un momento me citaron porque yo había declarado la violación de Bahía Blanca pero no la de Cutral Co, entonces me decían si hubo una o dos violaciones. La mente bloquea para sanarse, para curarse, para protegerse. Yo me sentí tremendamente mal, pero cuando leí el texto en el despacho de la fiscal reviví todo, reviví hasta los sonidos, los olores, revivís todo. Entonces es muy difícil de superar una violación. Muy difícil. Es aprender a convivir con eso y cuesta y duele y uno tiene que poner mucho empeño en que ellos no logren dañarte el futuro”.

 

El –otro- edificio que ya no está

“Cuando él cierra la puerta del camión grande, escucho que estaba Carlos Cháves que pedía que lo dejen en libertad porque era sostén de familia y tenía una hija, y estaba también (Miguel Ángel) Pincheira”, ambos militaban también en el PRT y continúan desaparecidos.

U9

“Después no escuché a más gente, sí escuchaba que subían gente, después de los interrogatorios nos iban subiendo ahí a ese camión”, relata: “al otro día hacía muchísimo frío porque es todo de metal y esa noche debe haber caído una helada tremenda porque era impresionante el frío y a la mañana ya había salido el sol cuando nos llevan para Neuquén, el camión se pone en marcha y sigue viaje para Neuquén”, recuerda Dora Seguel: “yo usaba invisibles así que levantaba la mirilla de la puerta de la celda esa individual y podía mirar en diagonal con la puerta del camión y me daba cuenta que la dirección que estábamos haciendo era a Neuquén; después ya en Neuquén vi cuando pasábamos por la avenida y vi el monumento a San Martín, después llegamos a la U9 (Unidad Penitenciaria Federal N°9) y ahí quedé detenida”, edificio que, al igual que aquel donde funcionaba la Escuelita al fondo del Batallón, demolido por represores para eliminar pruebas, fue demolido en este caso con la excusa de favorecer estéticamente la localidad, eliminando así un sitio de la memoria. Al menos llegó a hacerse una inspección ocular con sobrevivientes: “cuando hicimos el reconocimento de la U9 pude ubicar más o menos la celda donde habíamos estado, Argentina estaba dos o tres celdas más alejada de mí, en el mismo piso, en el mismo ala”.

Carlos Cháves

“Ese mismo día, a la tardecita noche, empezamos a gritar, porque una intuye, si yo estaba detenida, debería estar detenida Argentina también: ella gritaba ‘Loli, ¿estás bien?’ y yo le gritaba también, nos retaron mucho porque gritábamos” cuenta y agrega que “había una mujer que nos cuidaba, que estaba embarazada, que era de la parte administrativa de la policía, y ella me trajo un caramelo que me traía mi hermana”.

“Recién al otro día, a la nochecita, debían ser las ocho de la noche, nos sacan, nos llevan al pasillo de ingreso y nos hacen ir uno por uno firmando la libertad, ahí me reencontré con mi hermana, aunque no nos permitían hablar, estaban ella y Alicia Pifarré (actriz y militante del PRT, secuestrada a sus 23 años) que continúa desaparecida, enfrente estaba Pincheira y unos siete hombres, yo sigo insistiendo en que a la persona que vi muy golpeada era Cháves, hay quienes dicen que no, que no puede ser porque no coincide, yo estoy convencida de que era él”, asegura, aunque “la mayoría agachaba la cabeza y no quería que se los mirara, capaz que porque éramos poquitos y nos conocíamos todos y capaz que en un interrogatorio tendrían miedo a que los nombres, andá a saber, pero agachaban la cabeza; Alicia Pifarré en aquel momento decía que nos iban a dejar en libertad y yo le dije que no creía que nos dejaran en libertad, yo pensé que íbamos hacia otro lado, ahí fue cuando me dijo el nombre, me dijo ‘yo soy Alicia Pifarré’, jamás me lo olvidé ese nombre”. Continúa: “cuando salimos de ese pasillo, salimos hacia afuera, estaba otra vez el camión con celdas individuales, nos iban atando las manos, vendando con las manos hacia adelante y subiendo al camión”.

 

Vuelos clandestinos

“Cuando nos vamos, el recorrido lo hacemos a la inversa y nos bajan y era el aeropuerto, por el ruido de los motores me daba cuenta yo que era un avión”, continúa Dora en su relato: “nos suben y a Argentina y a mí nos sientan juntas y Argentina cuando levanta vuelo se empieza a descomponer, le dolía el estómago, entonces se acerca un oficial y le da un chocolate, nos da un trozo a mí y un trozo a ella y nos dice ‘disfrútenlo, porque quizá sea el último que comen’, eso me quedó también muy grabado”.

Miguel Ángel Pincheira

“Yo no tenía miedo del vuelo, de que nos tiren, yo pensé que nos estábamos yendo con destino a una cárcel en Buenos Aires”, recuerda: “el recorrido fue más o menos de una hora”.

Los vuelos clandestinos de Neuquén a Bahía Blanca fueron tres: los días 10, 15 y 16 de junio. Las hermanas Seguel fueron sometidas a ese traslado el último de los días. En total, 21 personas secuestradas por el aparato terrorista del estado fueron llevadas en el avión bimotor Havillan Canadá DHC-6 Twin Otter, matrícula AE-106, conducido por Juan José Capella. Todos los testimonios coinciden en que lxs subían con los ojos vendados y las manos atadas. Ocho de lxs trasladadxs a la Escuelita de esa localidad bonaerense continúan desaparecidas.

 

Bahía Blanca: más torturas, más violaciones y la desaparición de Arlene

Pedro Maidana ingresando a la Comisaría de Cutral Co durante la inspección ocular – Foto Alexis Vichich

“Cuando llegamos hacía un frío muy húmedo, mucho frío, muchísimo frío, que pasaba los huesos, aterriza y nos empiezan a bajar y ahí sí el trato fue áspero: nos iban agarrando de a dos y tirándonos arriba de una camioneta, íbamos cayendo unos arriba de otros”, recuerda Dora con mucho dolor que “uno siente tal pesar de lastimar a otro, porque te tiran, no es que vos puedas elegir de qué manera caer”.

“En el trayecto sentimos de que empiezan a golpear a Pedro Maidana (ex militante del PRT, secuestrado a sus 19 años en el mismo operativo, actualmente integrante de esta Red Nacional de Medios Alternativos), lo reconocíamos por la voz, porque estábamos en el centro de estudiantes, estaba al lado nuestro, lo empiezan a golpear e instintivamente empezás a poner las manos, los instintos te mueven a proteger a otros o a protegerte a vos, y sí, era él al que estaban golpeando, mucho lo golpearon, con la culata del arma lo golpeaban y lo pateaban”, narra la mujer.

“De ahí hacemos un recorrido por asfalto, después cruzamos unas vías del tren, después hacemos un recorrido en tierra, llegamos a un lugar, dimos unas vueltas, nos bajan a todos y nos meten por una puerta, por un pasillo, era como si fuera un salón grande con bancos grandes y ahí nos sentaron, de ahí iban sacando de a poco para interrogatorio”, explica Dora.

“En el caso nuestro nos sacaron a las dos, a mí me sacaron cerca de una puerta mientras interrogaban a Argentina. Después me llevaban a mí y a Argentina la dejaban ahí parada cerca de la puerta. En ese lugar había una estufa a leña o un brasero, porque se sentía el olor a leña quemada, a humo, el piso era como de madera, había alguien con una máquina de escribir y te sentaban y te rodeaban entre tres o cuatro o cinco entonces te iban preguntando y te mareaban porque las preguntas llegaban de cualquier lado. Aparte había personas que miraban, yo creo que había gente o de civil, curas que participaban, porque en Bahía Blanca se dio que había curas que participaban de las torturas, observaban, era como que estaban juntos. Cada vez que nos insultaban, cada vez que nos agredían, nos golpeaban, cada vez que había una tortura, porque no fue exceso, era tortura, ellos la disfrutaban como que la aplaudían, se reían socarronamente como aprobando todo lo que estaban haciendo los militares. En esos interrogatorios estaba el ‘tío’ (genocida Santiago Cruciani), después falleció. Ese es el problema de que se hayan extendido tanto los juicios, hay muchos que murieron y tendrían que haber pagado como corresponde. En esos interrogatorios en un momento a Argentina le levantan el pulóver y le acercan un carbón al estómago. Entonces ella gritaba y lloraba, porque lo que querían era que ella delatara o hablara y ella no lo hacía. Nos turnábamos. Cuando una estaba ya con mucha angustia, con mucha desesperación, yo o ella pedíamos que la dejara y siguieran con la otra, nos turnábamos. En un momento yo sentí a Argentina llorar, no era llorar, era esa bronca contenida… no sé… un grito ahogado… en un momento la escuché y supe que la habían violado, ahí arriba del escritorio. Por supuesto eso con risas y aprobaciones de los que estaban ahí que no sé quiénes eran. Después me llevaron a mí, otra vez golpes, conmigo fue más que nada golpes en ese lugar, bofetadas, golpes, como no tenían las respuestas generaba más bronca en ellos. En mi caso nunca aplicaron la picana, conmigo ni con Chichita (como le llaman a Argentina), a ninguna de las dos. Pero sí muchos golpes, muchos insultos, mucho denigrar, constantemente diciendo que no vas a servir para nada, que no vas a poder adaptarte a las sociedades, que vas a ser una lacra, continuo, para desgastarte, para aniquilarte como persona”.

“En un momento dicen bueno llevátelas, son unas taradas, no sirven para nada, nos vendieron pescado podrido, todo ese tipo de comentarios, y deciden que nos retiren, que nos lleven. Nos suben en la parte de atrás de un auto que pienso que debe haber sido un Falcon porque era muy largo el asiento de atrás, nos tapan con una frazada y yo notaba que en el recorrido hacíamos todos giros, porque siempre doblaba para el mismo lado y el cuerpo se nos iba para el mismo lado, pensaba qué raro el recorrido que está haciendo.  En un momento se detiene y no se escuchaba un ruido, nada, me bajan, dejan a Argentina en el auto y ahí cuando piso me doy cuenta que es arena, que hay como pasto, como matas, yo ahí sufro la segunda violación. Continuamente te dicen lo mismo, parece que era el libro preferido de ellos, diciéndote que de eso no se habla, que nadie te va a creer, que esto queda acá. Me acomodan la ropa, me vuelven a subir al auto. Era una sola persona. Me suben de nuevo al auto. Argentina seguía ahí. Pero después cuando nos bajan hacemos un recorrido, otra vez gira y gira. Cuando nos baja sentimos el sonido de las hojas de un árbol y el aire remolinado en un árbol, el viento. A mí me hacen subir unos escalones altos y entro por una puerta y voy saltando camas. Donde estaban compañeros detenidos que habían sido tremendamente torturados porque los tocabas y se morían de dolor y vos no sabías cómo pedirles perdón… no sé cuántas camas salté. Hasta que llego a una parte en que me dicen ‘sentate ahí en el suelo porque el hotel está muy ocupado, no quedan camas’. Me quedé en el suelo, cerca de la puerta de un baño”.

“Argentina después me contó que a ella la hicieron entrar por una ventana”, recuerda Dora Seguel: “que no saltó ninguna cama, que hizo un trayecto recto hasta la habitación y la hicieron subir a una cucheta, yo creo que la intención era marearte para que creyésemos en un futuro que estábamos en lugares diferentes, distintos”.

Susana Mujica

“Yo me quedé ahí y ahí le pedí a ellos si no le podían pedir a mi hermana un pañuelo, pero les di la descripción de Arlene, la ropa que tenía puesta Arlene, y se dio cuenta, entonces me dice ‘acá hay muchas caperucitas, caperucitas rojas, verdes, pero de ese color que decís vos no’; fallé, seguí sentada ahí esperando y habré estado más o menos en el lugar una hora y media, dos horas, y llega un militar y dice ‘Arlene Seguel’, Arlene dice ‘soy yo’ y siento cuando la levantan de un catre de lata porque se escucha el ruido de los resortes, la levantan, se la llevan y no supimos más de ella”, relata su hermana: “esa es la última vez que la escucho”.

“Habían pasado muchas horas ya, me ubican en una cucheta a mí también, en ese lugar escuchamos a Mónica Morán (actriz, titiritera y dirigente del PRT, secuestrada en Bahía Blanca a sus 27 años), que después a la semana aparece muerta en un enfrentamiento simulado, como los que hacían ellos, ella estaba detenida en ese lugar, presa, también escuchamos a Susana Mujica (docente de la carrera de Servicio Social de la Universidad del Comahue, detenida a sus 27 años y aún desaparecida) en un momento que yo pido agua nos confunde, ella dice ‘¿Arlene estás bien?’ y Chichita le dice ‘no es Arlene, es mi hermana Loli la que pidió agua’, ‘ah, Arlene no ha vuelto del interrogatorio, yo soy Susana Mujica’, hasta el día de hoy está desaparecida Susana”, continúa Dora.

Alicia Pifarré

Alicia Pifarré estaba en ese lugar y cantaba loncomeos, de eso sí me acuerdo, porque era como un rayo de sol en esa oscuridad la voz de ella”, recuerda: “en total éramos creo que cerca de quince mujeres ahí adentro, tal vez más, porque no todas hablaban en ese lugar”.

“De día comíamos y dormíamos y de noche eran los interrogatorios, en el día me cambian a mí a la cucheta y esa noche ya estábamos en las cuchetas cuando escuchamos que violaron a una chica al lado nuestro”, narra la docente jubilada: “la violaron y al otro día le decían ‘perdonanos, te violamos por error’ y le habían llevado chocolate, y ella después nos gritaba que éramos unas hijas de puta, que éramos una porquería, que por culpa nuestra la habían violado a ella, no alcanzaba a darse cuenta, no podía”, lamenta.

 

El par de guantes de cuerina

“A la otra noche hay otro interrogatorio más, se llevaban chicas, volvían, en eso vienen y nos dicen a Argentina y a mí que nos íbamos. Y a otra chica también. Nos suben otra vez a un Falcon, nos tapan con una frazada. Hacemos esta vez un trayecto lógico, sin tantos círculos, y nos dejan tiradas en la vera de la ruta que va  hacia coronel Dorrego. Nos dejan ahí y nos dicen que contemos hasta mil y que si queríamos podíamos ir hacia la derecha, que estaba la estación de servicio, y que a la izquierda estaba el puente carretero de Neuquén. Nos quedamos ahí hasta que no escuchamos ni un solo ruido, teníamos miedo, nos ayudamos a desatar. Y analizábamos la situación, porque decíamos que no podíamos estar en Neuquén porque volamos una hora, también pensábamos qué pasaba si íbamos para el lado de donde decían que era el puente y era una emboscada para matarnos. Entonces subimos hasta la ruta, miramos y se veía hacia lo lejos las luces de una estación de servicio. No tiramos las vendas ni las sogas con las que nos atábamos, las llevábamos en los bolsillos. Argentina tenía unos guantes de cuerina. Y cuando nos suben, que nos van a dejar en libertad, ya en el asiento Argentina me da uno a mí y me dice ‘si nos tiran en lugares diferentes se van a dar cuenta de que estuvimos juntas’, hasta esos detalles uno tenía que tener en cuenta, eran valiosos. Ahí sinceramente sí pensábamos que no sabíamos si nos dejaban con vida o no”.

“Cuando llegamos a la estación de servicio, el hombre que nos vio quedó pálido: habíamos bajado mucho de peso, estábamos deterioradas, teníamos los ojos lastimados por las vendas, el tabique de Argentina estaba destrozado, horrible, hinchado, y le pedimos que llame a la policía porque estábamos sin documentos y éramos menores de edad, acepta, llama a la policía, llega la policía y nos sube a una camioneta y nos lleva a una comisaría”, cuenta Dora, aunque luego de hacer un trayecto corto “de repente ven cosas que se mueven, se bajaron unos, dicen tírense y tiraron una ráfaga contra unos árboles que se movían, realmente no sabíamos si eran guerrilleros que venían a rescatarnos o si eran de las tres A que venían a matarnos, dicen ‘no sabemos quién es quién’, ese fue el comentario del comisario, que no sabían con quiénes estaban tratando”.

Llegaron a la comisaría, les tomaron declaración, se quedaron con las vendas y otras pruebas y les permitieron contactar a un pariente de Bahía Blanca. Como a Argentina le habían robado la cartera y la plata, no tenían como pagar, así que lograron que el chofer del colectivo las lleve gratis y luego un taxi las transporte pagando el tío al llegar a destino: “en seguida se sacaron la papa caliente de las manos, lo solucionaron rápido, porque no querían tenernos ahí en la comisaría, podrían haber llamado a mi mamá y haber esperado”, reflexiona Seguel: “llegamos y mis tíos nos dieron hospedaje, un baño caliente, y le avisaron a unos vecinos para que le avisen a mi mamá, porque teléfono no teníamos, ella viajó enseguida a buscarnos a Bahía”.

 

Ni un paso atrás

Ese mismo día que llegamos a Cutral Co yo volví a ir a la escuela, porque sentí que si nos veían era más difícil que nos vuelvan a detener”, cuenta Dora, Loli, esa joven de 17 años que había vivido en unos días los peores episodios de su vida: “a partir de ahí fue el trayecto a este juicio: la búsqueda de Arlene, la lucha por los compañeros, el apoyo inmenso que hemos tenido de Monseñor (Jaime de Nevares), de Noemí (Labrune) y todo lo que se pudo hacer, participar en todo lo que se pudiera, en los juicios, en las marchas y en todo lo que se pudiera, en charlas, en debates”.

“Arlene era un cuadro del partido, era una persona importante, con un rango dentro de todo importante. Pero no pasa por ahí, pasa por lo que sembró, por lo que dejó, los ideales que ellos tenían y teníamos y tenemos. Yo muchas veces quise saber, lo que pasa es que las personas que podían darme datos de Arlene no están. Ya no están porque están desaparecidas: Susana, Mónica, Alicia, compañeras de la universidad, Tito, Julio, tuvimos muchísimas pérdidas. Pero sí que dejaron un legado de solidaridad y de respeto por el otro, de compromiso, y eso es lo valioso. Amaron tanto su país que dieron su vida”.

Dora Seguel durante la inspección ocular del Ejército en el juicio Escuelita III – Foto Matías Subat

“Hay que seguir y seguir y seguir”, concluye Dora Seguel: “la situación por la que peleábamos, por la que luchábamos en el 76, no es nada o es muy poquito al lado de la realidad que se está viviendo ahora, de las necesidades que tiene el pueblo ahora, del atropello a los derechos, entonces tenemos que estar, hay que salir del ombligo y empezar a mirarnos en los ojos del que está al lado, enfrente, del que está necesitando” y finaliza: “en un principio era tan doloroso y tan fresco todo que estaba todo más que nada involucrado y relacionado con las desapariciones y el castigo a los culpables, ahora hay que seguir contra los culpables actuales, de lo que está sucediendo ahora, que no tengan gas, que haya familias sin un techo digno, sin una alimentación correcta, con niños que están siendo abandonados de la educación, están desplazando de una forma tremenda, hay que seguir estando”.

Sobre el inicio del séptimo juicio “Escuelita”, la mujer aseguró que “todos estamos muy movilizados por la noticia de que se inicie un nuevo tramo, porque fue muy esperado y postergado”, aunque “es triste que empiece de esta manera, prácticamente sin público y que también hayan reducido la cantidad de testigos porque realmente es invalorable el aporte que hace cada uno de ellos, no importa cuántas veces lo hayan dicho”.

Sí. “Fracasaron, muchachos”.

 

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