Humanidad en peligro de extinción

Escrito por el 1 marzo, 2021

“Si contamina no es producción, es otra cosa.
Si no es saludable no es alimento, es otra cosa.
Si solo beneficia a algunxs pocxs no es política pública, es otra cosa.
Si se hace a espaldas de la voluntad popular, no es democracias es otra cosa.”

 

Las palabras del doctor en Biología y licenciado en Filosofía Guillermo Folguera nos hacen pensar en la relación entre el sistema de producción de nuestro país y el tan anhelado desarrollo, en términos de superar las desigualdades sociales. Es por ello que nos duele cuando vemos que, a pesar de las promesas, en muchos de los países de Nuestramérica la desigualdad y la explotación de la naturaleza continúa en alza (profundizadas por la emergencia del COVID-19) y pareciera que para muchos gobiernos el extractivismo es (o sigue siendo) el único camino posible.

Durante mucho tiempo, gobiernos, economistas y otrxs cientistas sociales, nos han hecho creer que pensar en una alternativa o incluso cuestionar al extractivismo, era sinónimo de atraso, de pérdida de oportunidades, de renunciar a reducir la brecha frente al Norte global, industrialista y avanzado. Haciendo énfasis en que las economías dependientes y periféricas como la nuestra tienen la posibilidad de desarrollarse a través de la explotación de nuestra naturaleza es una obviedad tal para ellxs que no hay lugar para criticar el fracking y la minería a cielo abierto, el uso de agrotóxicos, la deforestación y el monocultivo, la construcción de barrios cerrados sobre humedales, entre otras prácticas. El “desarrollo” se encuentra allá en el horizonte, y hay que alcanzarlo cueste lo que cueste.

Hagamos un poco de contexto. El proyecto extractivista no es algo novedoso, sino que desde hace más de 500 años nuestro continente sufre la colonización, el saqueo y la explotación de nuestra naturaleza. Si viajamos al presente, vemos cómo gobiernos en sus distintos niveles, presionados por corporaciones multinacionales, buscan habilitar que nuestro suelo siga siendo su patio trasero, dejando la contaminación y llevándose las ganancias. ¿Qué lógicas globales explican al extractivismo? ¿Cómo pensamos el desarrollo en nuestro país? ¿Qué rol juegan las políticas públicas en todo esto? ¿Qué pueden hacer la ciencia y las tecnologías en tanto su incidencia en las formas de producción?

Extractivismo y Desarrollo

Bajo el capitalismo, la naturaleza es una «canilla» (muchas veces privatizada) de donde salen “recursos” y también una «pileta» (casi siempre, pública) donde pueden tirarse los restos, una camilla que puede secarse y una pileta que puede taparse. James O’Connor, un economista y sociólogo marxista, con esta breve frase nos resume el rol que juega la naturaleza dentro del capitalismo. Mientras la canilla es una metáfora del agotamiento de fuentes de vida (agua, aire, tierra, etc.), la pileta representa la contaminación. Consecuentemente, las lógicas globales que diagraman el accionar de las corporaciones multinacionales obedecen a estas concepciones, donde todo lo que se extrae de la naturaleza tiene precio (recientemente incluso el agua empezó a cotizar en Wallstreet) y donde la ganancia es lo que importa.

Probablemente ya lo hayan escuchado, pero en las últimas dos décadas Nuestramérica ha vivido un acelerado proceso re-primarizador en sus economías, en función del lugar que ocupa en el mercado mundial. Esto significa que el crecimiento económico (que no es lo mismo que desarrollo) ha sido impulsado a través de la explotación y exportación de la naturaleza (recursos naturales bajo los términos corporativos). De esta forma, el extractivismo, ya sea bajo su faceta de agronegocio, megaminería, urbano, entre otras, se ha visto extendido e intensificado por todo el cono sur, de la mano de corporaciones que, a la vez, se han ido concentrando. Y con él, todas sus consecuencias socio ambientales: contaminación de suelos, agua y aire, pérdida de biodiversidad, deforestación, desertificación, desplazamiento y expulsión de comunidades, pueblos fumigados, destrucción de ecosistemas y pérdida de servicios ecosistémicos, etc.

¿La destrucción de la naturaleza es inesquivable? ¿Todxs estamos a merced de las corporaciones multinacionales? Acá se disparan varias cuestiones. Por un lado, cualquier opción emancipadora de esta realidad, debe enmarcarse en un horizonte anticapitalista y ya hay miles de experiencias que realizan acciones en ese sentido, siendo un ejemplo las experiencias agroecológicas de la mano de organizaciones populares campesinas que empiezan a multiplicarse. Por otro lado y con respecto al por dónde empezar, siempre es importante cuestionar el modelo productivo: qué, cómo y para qué se produce deberían ser parte de nuestras preguntas guía, aunque no necesariamente las únicas. Y si queremos problematizar la producción, también cabe preguntarnos sobre nuestros consumo.

El último punto de estas cuestiones, es pensar el desarrollo. Muchas veces acompañado de la palabra «económico», el desarrollo tiene una larga historia, que empieza tras la segunda guerra mundial. Su significado es una disputa permanente, razón por la cual muchxs críticxs del extractivismo directamente plantean alternativas al desarrollo. Más allá de eso, podemos pensar al desarrollo como un proceso de transformación, un camino, que se oriente hacia mayor justicia social, de género y ambiental, incluyendo los aspectos económicos, pero trascendiéndolos. Retomando las palabras que dan inicio a esta nota, podemos decir que si estamos frente a una actividad donde siguen perdiendo lxs que menos tienen y ni siquiera es sustentable, no es desarrollo.

La naturaleza en disputa

Proyectos para aprobar la minería a cielo abierto en Mendoza y Chubut, fumigaciones de agrotóxicos sin cuarentena en todo el país, deforestación sin freno (en 2020 aumentó con respecto al año anterior). Aprobación del trigo transgénico, acuerdo porcino con China, todo esto solo en un año (2020) y en Argentina. Pero la película puede ser a lo largo de todo el cono sur, y fue obra de la acción de movimientos y organizaciones sociales (entre las cuales destacan las campesinas e indígenas) y la militancia de cientos de jóvenes quienes han puesto en agenda pública los reclamos contra el extractivismo y a favor de la sustentabilidad de la vida. Un reclamo con ciertos riesgos en el continente: en 2019, 212 personas que protegían la naturaleza fueron asesinadas, y dos tercios de los casos ocurrieron en Nuestramérica como un claro intento de callar las denuncias y reclamos.

¿Acaso la pandemia sólo nos va a dejar como aprendizaje el lavado de manos? La urgencia sanitaria, el miedo, los contagios, el bombardeo mediático, nos paralizan y solo podemos pensar en cómo transitar este momento y cuándo terminará. Pero, vivir una pandemia de origen zoonótico como esta también podría servirnos para (re)pensar cómo producimos, cómo nos vinculamos con la naturaleza y cómo pensamos el desarrollo local, nacional y mundial. Para ello, es necesario preguntarnos acerca de qué rol juega el gobierno de Alberto Fernández en estos procesos, y cómo muchas de las actuales políticas públicas dan cuenta de un cúmulo de contradicciones hacia el interior de la coalición de gobierno.

Tomando en cuenta este, poco más, primer año de gobierno, observamos un claro ejemplo de “rupturas y continuidades” en sus políticas con respecto al modelo de desarrollo imperante en los últimos años. Por un lado, sale a la luz el proyecto del acuerdo porcino con China y la “Iniciativa 200 millones de toneladas de cereales, oleaginosas y legumbres” (que tras su lectura pareciera que la única apuesta es más transgénicos y agrotóxicos), y, por otro, se inaugura la Dirección Nacional de Agroecología (que no tiene aún nombrada ninguna autoridad) y se incorporan a militantes y pequeñxs productores a áreas de gestión (por ejemplo, el nombramiento de Director del Mercado Central al coordinador nacional de la Unión de Trabajadores de la Tierra, Nahuel Levaggi). Si bien el Estado Argentino, recientemente, se comprometió con el Acuerdo de Escazú (tratado internacional que garantiza el respeto de protocolos de protección del ambiente y además la participación pública para la toma de decisiones), lo que está sucediendo en Chubut demuestra que hay una rosca política que sucede a espaldas del pueblo.

Además de la adhesión al Acuerdo de Escazú, hace unos pocos meses se aprobaron otras dos leyes progresivas en materia ambiental en Argentina. Una es la Ley Yolanda, la cual establece que todxs lxs funcionarixs públicxs de todos los niveles deben recibir capacitación obligatoria en material ambiental. Al mismo tiempo, la aprobación con aplausos del trigo transgénico y los guiños a la Barrick Gold sobre la minería sustentable y segura (en los últimos años su mina Veladero tuvo tres derrames de cianuro contaminando cinco ríos) son políticas apoyadas por el ejecutivo nacional. Argentina es el primer país en el mundo en aprobar el trigo transgénico, el cual trata de una semilla desarrollada por Bioceres y Florimond Desprez (de Francia) que incorpora el gen HB4 resistente a la sequía y al glufosinato de amonio, un veneno más tóxico que el glifosato, que ya fuera denunciado por Andrés Carrasco. Tras el reconocimiento (no tan público, sino que a pedido de organizaciones sociales) del Instituto Nacional del Cáncer sobre los potenciales efectos cancerígenos del glifosato, permitir el cultivo de este trigo y su agrotóxicos asociado, ¿acaso no es contradictorio?

La otra ley sancionada es la Ley de Fuego, que se aprobó en el marco de grandes incendios en nuestro país. Esta normativa protege los ecosistemas de los incendios accidentales o intencionales y prohíbe la venta de terrenos incendiados por el plazo entre 30 y 60 años para evitar especulaciones inmobiliarias. Pero lo cierto es que la deforestación sigue siendo una triste realidad en Argentina, como lo es el caso de Salta quien presentó el 21% del total de hectáreas desmontadas entre el 2007 y 2018. Esta provincia fue la segunda que más bosque nativo deforestó, detrás de Santiago del Estero, en donde desapareció el 28 %, mientras que Chaco fue el 14 % y Formosa el 13 %. Todo esto sucedió con vigencia de la Ley de Protección de Bosque Nativo.

Otro gran problema que es denunciado por la militancia ambientalista es la inexistente ley de humedales, ¿por qué es urgente esta ley? Los humedales son un ámbito de protección para la biodiversidad, donde habitan más del 40% de las especies, son reguladores hídricos, previenen inundaciones, purifican agua y controlan la humedad, además de absorber gran parte del dióxido de carbono. El último año se han quemado más de un millón de hectáreas en 21 provincias de nuestro país arrasando con miles de humedales. Todo esto es fundamental a la hora de debatir el cambio climático, y es necesario hacerlo junto al pueblo y no a sus espaldas entre algunos pocos capitalistas.

La ciencia trae desarrollo, ¿para quién?

Detrás de todas estas contradicciones que venimos comentando, subyace la pregunta acerca de qué es el desarrollo. Todos estos proyectos extractivistas, ¿se orientan al desarrollo? ¿a quién benefician? ¿hay alternativas? Y en esa misma línea, nos surgen un montón de dudas acerca de qué rol cumple la ciencia en todo esto, si es que cumple algún rol. Al menos, creemos que no es posible encontrar algún discurso público donde no se señale a la ciencia y la tecnología como la base para el desarrollo. Y así volvemos al punto cero, ¿que es el desarrollo? ¿desarrollo para quién? Teniendo como guía estas preguntas, dialogamos con Guillermo Folguera para que nos ayude a reflexionar sobre estas inquietudes.

Con respecto a los proyectos extractivistas a gran escala, ya sean la megaminera, los agronegocios, o las megafactorias de carne porcina, el entrevistado nos señala que, por un lado, al involucrar una gran cantidad de inversiones en tecnología siempre “se limitan al capital concentrado”, y por otro lado, que “hemos vivido todos estos años los altísimos impactos sociales y ambientales de estos proyectos, tanto por la degradación de las condiciones de vida, la expulsión de pequeños productores, el cercamiento de los bienes comunes, una contaminación muy marcada y degradación de los ecosistemas”.

Pero, advierte Guillermo, que cuando se escuchan los discursos dominantes que buscan justificar la bonanza de estos proyectos, “pareciera que los efectos socioambientales, ampliamente demostrados, están controlados, y en todo caso, pueden ser limitados si se administran bien, y ciertamente cuando hay un descuido de las condiciones de control estas cosas que acabo de mencionar empeoran, pero la verdad es que son intrínsecas a los proyectos, o sea, son propios de la naturaleza de estos proyectos”. Esto no es un ejercicio intelectual por parte del doctor en biología, sino que los efectos del extractivismo pueden verse a lo largo y ancho del país.

Muchas de las consecuencias socioambientales que produce el extractivismo vienen de la mano de las tecnologías aplicadas, por lo tanto, muchos de los principales cuestionamientos se dirigen hacia esa dimensión. Guillermo, en ese sentido, agrega que por ello “es fundamental dar la discusión de qué tecnologías tenemos y cuáles necesitamos. En muchos casos, la ciencia y la tecnología están directamente vinculadas a la depredación de la naturaleza, a la concentración de propiedad y uso de la tierra o con la degradación ambiental y animal que dañan nuestro ecosistema. La ciencia y la tecnología son fundamentales, por eso la pregunta que hay que hacernos es cuáles, para qué y con qué objetivos”.

Las políticas públicas no son inocentes en este punto. Qué ciencia y qué tecnología se utilizan tiene directa relación con las políticas, y es por eso que el entrevistado nos señala que cuando “hay algunas ciencias y tecnologías que tienden más a beneficiar a algunos sectores que a otros” la discusión debería ser primero, que sectores queremos que se vean beneficiados, y en función de eso “preguntarse qué ciencias y que tecnologías tenemos y necesitamos”. En ese sentido, involucrar a quienes producen ciencia y tecnología, investigadores y científicxs, es fundamental para dar esta disputa.

Discutir una ciencia que esté al servicio de toda la comunidad para un desarrollo con mayor igualdad y en armonía con la naturaleza es necesario y urgente. “La ciencia puede aportar muchas herramientas teóricas y tecnológicas que pueden directamente estar vinculados al bienestar colectivo” nos cuenta el entrevistado, que luego agrega que lamentablemente “no es casualidad que nuestra formación no tenga ninguna materia ni de ética ni de política, es decir, que no tenga ninguna pregunta en torno a las políticas públicas, lo que deriva en muchos casos a una práctica científica que hoy está al servicio de los grandes intereses”.

Para evitar estas cuestiones y construir otra ciencia y otra tecnología, que aporte hacia otro tipo de desarrollo, no solo hace falta una mayor problematización de lxs cientificxs, sino que también es necesario la participación de la comunidad. En este sentido, Guillermo hace énfasis en que “la discusión no sólo debe darse al interior de la comunidad científica, sino que es fundamental que se discuta desde y para las comunidades ya que son protagonistas a la hora de responder la pregunta clave: cómo queremos vivir”

A modo de cierre, solo nos queda decir que creemos que partiendo de la premisa de cómo queremos vivir podemos, por un lado, cuestionar al extractivismo y todos sus problemas asociados, y a la vez, empezar a pensar en alternativas populares, en acompañar las ya existentes, y en continuar reclamando por un necesario cambio de paradigma productivo y distributivo, en pujar por otro desarrollo. La lucha es hoy.

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