El policía que no quería matar

Escrito por el 10 noviembre, 2020

El 30 de agosto de 2019, el policía zapalino Pablo Maximiliano Pallero asesinó por la espalda a Facundo Guiñez, de 29 años, preparó la escena para liberarse de responsabilidades y se fue a dormir. El asesino estaba de franco, pero no dudó en usar su arma reglamentaria para matar y dejar un cuerpo sin vida tirado en la calle y desangrándose durante cinco horas. Esta semana comenzó el juicio contra el represor.

Era viernes y eran las dos de la madrugada. Facundo Guiñez estaba a punto de abrir su propia panadería y no pudo.

Cinco horas permaneció el cuerpo en el medio de la calle. Al lado estaba el frente del estéreo del auto de Pallero y eso pretende ser prueba de que el joven asesinado estaba robando; parece muy verosímil que corriendo por su vida no lo soltara. También lo parece que en vez de tener esa “prueba” las huellas del joven fusilado tenga las de un policía amigo del policía asesino, el primero en llegar al lugar.

Una bala del estado enfrentó la espalda de Facundo Guiñez. Vecinxs que habrían visto algo de lo sucedido, declararon en su momento que el joven luego de ser atacado corrió unas dos cuadras intentando escapar de la muerte que ya lo había alcanzado. El policía asesino se fue a dormir.

Pablo Pallero mató a Facundo Guiñez y se fue a su casa. Unas horas más tarde, se presentó en la Comisaría 22 de Zapala, donde cumplía sus funciones de represor, como si nada hubiera sucedido, sin hablar de su crimen con nadie. Como si no se hubiera robado una vida a las dos de la mañana. Como si Facundo Guiñez no pasara a engrosar la lista de asesinadxs por la policía con vía libre para matar. Allí quedó detenido, después de que una vecina declarara que lo vio entrar a su hogar tras el estruendo del disparo y una mancha de la sangre de su víctima quedara evidenciando el homicidio en su calzado.

Las versiones de sus compañeros de institución, reproducidas por los medios que hablaron del “policía que mató al ladrón”, concluyeron que el joven estaba robando el frente del estéreo del auto del policía y este, al descubrirlo, sacó su arma reglamentaria y lo fusiló. No pareció una versión creíble, como no la parecieron ninguna de las que rondan casos de asesinatos policiales, aunque tampoco serían justificativas; el circuito siempre es el mismo cuando el estado mata: la corporación se encubre, los medios reproducen y la justicia valida.

Pallero quedó detenido y con prisión preventiva acusado de “homicidio simple agravado por el uso de arma de fuego”. No por ser policía. No por matar con la pistola reglamentaria. No por abusar de “su función”. En abril de este año, recibió el beneficio al que no pudieron acceder la mayoría de lxs presxs comunes de todo el país en el marco de la pandemia: la prisión domiciliaria.

El cuerpo sin vida de Facundo Guiñez se desplomó en la calle, a dos cuadras del supuesto lugar de los hechos, para terminar de desangrarse. Con el frente de un estéreo al costado y una bala del estado adentro.

Ahora, Pallero dice que lloró y que no quiso matarlo, aunque en su casa estaban los casquillos de las balas que escupió. Su defensa dice que el asesino disparó al piso y las balas rebotaron buscando muerte, algo aparentemente muy frecuente entre quienes portan armas reglamentarias. Como si las balas tuvieran vida propia e impactaran en cuerpos arrancando vidas, porque sí.

El juicio se extenderá toda esta semana, con la presencia de únicamente cuatro familiares acompañando lo que implica revivir todo ese horror. El policía asesino será juzgado por Liliana Deiub, Bibiana Ojeda y Raúl Aufranc tras las declaraciones de unxs 40 testigxs.

No es un policía, es toda la institución.


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